Amparito
Written on 5:01 by Eugenio Sendarrubias
No es que lleve mucho tiempo sin escribir, es que llevo mucho tiempo sin motivos para publicar por estos medios. El siguiente es el más bajo de todos los que me han picado durante estos meses, no por ella, pero qué más da, adelante.
El barrio del Carmen o Socusa de Alaquàs es uno de los más humildes del pueblo. Casas bajas y una infinidad de pequeños comercios salpicando una de las zonas más diferenciales del lugar. La mayoría de estas tiendas no tuvieron licencia de apertura hasta finales de los 80, las calles eran bulliciosas y la relación entre los trabajadores y el climax del particular baby boom de este superpoblado municipio de l’Horta lo hacían de algún modo un enclave particular y entrañable dentro de la población. Pero la feliz década de los ochenta también contuvo entre las calles del mencionado barrio los más altos índices de desigualdad económica, también de humildad y sencillez, y, además, el amanecer a las drogas y sus implícitos conflictos para una generación paralela a la de Clay, con el mismo vacío existencial de los protagonistas de Funny Games, sin nada que perder, aunque en mitad de un perímetro endogámico. La vida en la calle es muy atractiva literariamente cuando escasean los recursos económicos y se crean las primeras diferencias de ‘clase’ entre unos vecinos y otros, lo reconozco. Durante esta década algunos alcanzaron un grado de riqueza más que considerable por muy distintos medios, mientras otros permanecían en el mismo estatus. En sus calles aparecieron los Toyota Célica o los Mercedes 300, pero, como una lacra de lo más estética, los 127 y los 850 seguían ocupando muchas de las plazas del parking público. Con las ventanillas bajadas, según me cuenta mi amigo Luis, sonaban de unos y otros, los viernes noche Mecano, Camarón, Triana y The Cure. La cultura musical es algo que sostuvimos con dignidad en otra época y perdimos con la llegada del siglo XXI. Trato de descargar responsabilidad al marketing al pensar en ello, y mientras recuerdo perfectamente esas casas con escaleras angostas, terrazas abiertas y ventanas pequeñas que parecen todavía esconder con sus rejas de yeso la sencillez con la que, en otro tiempo, se había desarrollado el barrio, como con respeto por el origen humilde del mismo. Por fuera ese blanco que sólo se consigue en las fachadas pintando con cal viva y que tanto refresco ofrece en las horas de sombra de los muchos veranos que he tenido la suerte de pasar allí.
Y tras esa uniformidad nívea del barrio adivino las sustanciales diferencias que se esconden tras las puertas de la madera capaz de aguantar el envite del sol durante más de cuarenta años. Voy puerta por puerta hasta adentrarme en la primera de las joyerías de la familia de mi amigo Luis, que lleva allí abierta, como un despacho en una casa baja, más años de los que tiene él. Justo enfrente rememoro algunas meriendas en casa de la abuela, ahora minusválida y no sé si ya fallecida, de mi compañero del cole Víctor, con el queme unió una amistad que a pocos he sabido dar y no olvido. Otro amigo tiene una panadería y otro un despacho de pan. Otro tiene la casa junto al bar de su padre, que, sin ser de mi familia, fue el primer hombre que conocí con el mismo nombre que yo, y que ahora no sé si le vi más veces en el bar o en la casa, pero las sensaciones siempre eran familiares, cercanas, parecidas en todos los casos que os acabo de mencionar. Y entre estas 6 calles, de vez en cuando, casi como un espectro y rodeada de una banda parecida a la portada del Strange days, que por aquel entonces me aguardaba en alguna carpeta compartida del emule, posiblemente en Rhode Island, aparecía Amparito.
A Amparito, o ‘la Amparito’, la recuerdo muy, muy delgada; esquelética toda la vida. Vestida con las ropas que nunca se hubieran puesto las muchas mujeres que cuando vuelva a Alaquàs le van a parar en la calle a cotillear para comentarlo en el repugnante café del sábado, caminaba de una forma tan peculiar que no dista mucho de los modos en los que la he visto desfilar en el programa de Cuatro. Por imitación, las mencionadas mujeres de la foto y el autógrafo que acabo de incrustar en la escena caminaban de forma muy extraña al verla; digamos corriendo, o huyendo, según las farolas que aún lucieran en la estrecha calle. La recuerdo fumando mucho antes de pesar más de treinta kilos, pidiendo pitillos más bien. Recuerdo verla en la calle siempre, incluso cuando volvía con mis padres muy tarde de alguna cena de empresa, por la noche, cualquier día, en la calle, siempre en la calle y nunca sola, aunque me imagino también algunos momentos de terrible soledad; de la otra soledad, de esa a la que algunos compañeros de crucero parecen desearle, one more time para ella, que está demostrando saber mucho acerca del rechazo con su entereza 0% fingida, 100% Amparito.
La familia (cuando me refería a la bajeza de este post era porque en vez de centrarme en quién debería ser la protagonista de todo comentario voy a entrar en la familia y alrededores, levemente, de puntillas y con ternura, pero reconociendo el hecho morboso e innecesario -totalmente innecesario- del periodismo que tanto critico y al que he de empezar a dedicarme cuanto antes) de Amparito no representa ni de cerca a las familias del barrio del Carmen; la suya es una familia particular, hasta donde yo sé, y por eso tengo cierto respeto para atreverme a hablar del tema desde las fuentes del propio barrio y en este caso (sin que quisiera que sirviese de precedente) la de mi propia experiencia allí. De entre las personalidades que rodean a toda su familia la más característica es la de su padre, conocido en el pueblo como Fredy. Me horroriza pensar que Fredy pueda salir en alguna de las futuras galas de Cuatro, me pone de los nervios cada vez que lo pienso y me doy cuenta de cómo está amueblada mi cabeza para sufrir ante lo que puedan hacer con él. Fredy tiene, a simple vista, ciertas deficiencias físicas por las que seguramente venga cobrando una pensión de invalidez, que a ojo de buen cubero no debe ser inferior a la máxima que conceda el Estado. Pero esta es la cara menos afable de ese magnífico personaje que es Fredy en Alaquàs. Fredy montó con no sé qué dinero una antena desde la cual empezó a emitir TELEFREDY. La sencillez técnica del canal hacía que la televisión se extendiera en el barrio del Carmen y en unas pocas calles más allá, con un radio de acción que calculo a lo sumo de 250 metros desde el epicentro de la casa de Amaparito. En ella se podía ver toda la programación que al barrio le apeteciera. “Fredy, el partido del Madrid es a las 7, no te olvides”, “Fredy, ¿qué te pasó anoche que no pusiste la porno del plus?”, “Fredy, el jueves hacen el preestreno de Spiderman en Vía Digital” y Fredy lo ponía todo, o casi todo, bajo el consabido ‘pinchazo digital’. Las cuotas de audiencia nunca se pudieron calcular, pero a una generación como la mía nos ofreció la primera y atrevida mirada sobre el sexo en interminables noches de conexión a canales con los dos rombos o el ‘+18’ en la esquina superior derecha de la pantalla. Me alegra permanecer en deuda de cualquier tipo con él. Ahora no sé si este texto contrae nuevas deudas o es parte de su cancelación.
Pero Fredy era mucho más. Filmaba cualquier acto social y cultural de la villa y lo emitía sin tecear, en plan dogma, siempre en TELEFREDY. Y sí, yo también le tiré algún cubo de agua en la “fiesta del agua” mientras sostenía su handycam, y bien que se enfadaba, encima de que el buen hombre lo grababa todo… También permanecen en mi algunas anécdotas personales de cuando colaboraba en Radio Alaquàs, pero por ser las únicas personales me las guardo para no sentirme del todo mal cuando relea esto, ya publicado. Sin embargo, hay una fotografía común en todas las cabecitas de mi generación y del resto del pueblo, la de Fredy en la piscina municipal durante los veranos, a veces junto al puesto de Radio Alaquàs, otras luciendo tipo en el borde de la piscina junto a Amparito, otras charlando con esa paz con la que a veces se dirige a cámara María Amparo García, anulando mágicamente ese manojo de nervios que ambos tienen en común.
Por eso me encantaría gritar con palabras escritas de felicidad tras encontrar a alguien tan espontáneo en la televisón que veo, por supuesto. También me encantaría abofetear con palabras escritas a todos aquellos que se aprovechan de su ingenuidad, de su mundo imaginario, tan ingenuo, para practicar la risa bobalicona y la estúpida pose de apoyo al freak que está tan de moda, o en el peor de los casos el estrago profesional. Ya la veo firmando autógrafos y no sé si ha practicado mucho su firma, síntoma saludable e inequívoco de haber perdido mucho el tiempo en la vida, no como otros que la tienen tan redonda y estilizada y saben tanto de números y leyes. Entonces, ¿seremos capaces de separar su pasado de sí misma? Lo difícil será hacerlo si lo contamos con pelos y señales.
La cosa y la causa de María Amparo García puede degenerar de la siguiente forma:
Uno- Reportajes periodísticos, ceñidos a la ética, destacan que “es aficionada a la música, al cine, a los viodeojuegos y a los cómics manga”.
Dos- En el siguiente blog se le apoya desde Alaquàs, pero se termina hablando más de su padre en los posts, al que podemos ver jaleado con ese ácido aroma de exaltación del freak.
Tres- En el peor de los casos los comentarios de la calle, infundados a menudo, a menudo leyendas de todo tipo, fomentados por el traquetear de los días calcados y su aburrimiento, saltan a este blog en forma de comentario inoportuno, del que ahora sólo queda el sedimento (en los comentarios) de un post en el que se insinuaba que podía haber ejercido la prostitución en algún momento de su vida:
Amparito tiene ahora 20 años, yo lo tengo en cuenta.
La descaricaturación de lo que nos rodea, o así lo veo sólo yo, ha llegado hasta un límite, pero lo vamos a rebasar todos juntos, de la mano, una vez más. Seguro que Custo Dalmau con su apoyo y promoción gratuita es capaz de enaltecer a todos estos súper valores. Yo le hacía muy lejos de todo esto. Tan lejos. Sin embargo, no tengo ánimo de enarbolar una doctrina social de ningún tipo; no es mi época, no mi camino. Hace años que esto debió desmadrarse; sí, hace tiempo. Así que, sin vuelta atrás, ¡es la hora de hacerse fotos Amparito! Que distinta saldrás a aquella otra en la que tus compañeras de clase te apartaban del encuadre si te colabas en la celebración de su cumpleaños en mitad del parque con la misma espontaneidad con la que apareces ahora vestida con la ropa que nunca viste por las calles de tu barrio, sólo a través de la televisión, de la cual eres ahora una protagonista efímera, y me gusta imaginar lo feliz que todo esto te puede estar haciendo, pero el abismo con el que flirteas no es un imaginar tan agradable para mi.
Suerte, en cualquier caso.

