Esta corporeidad mortal y rosa

Written on 13:55 by Eugenio Sendarrubias

Aún recuerdo aquella jornada navideña en que mi querido compañero de trabajo en la sección de libros de la FNAC San Agustín, Bruno, me recomendó un par de libros que cambiaron mi percepción literaria por completo. Los libros, decía mi profesor de Literatura Hispanoamericana en la universidad, contienen únicamente “el fiel reflejo de las cosas que le suceden al ser humano y su entorno en el transcurso de su propia historia”. Por sentirme algo indiferente con mi propia historia le exigí a Bruno que no me recomendara cualquier cosa. Quería algo verdaderamente punzante, sin rémoras, sin rebabas, algo que me marcara. Lo primero que le vino a la mente fue “La muerte de Virgilio” de Hermann Broch, obra de la cual dudo que me atreva a escribir ningún comentario jamás. La segunda inyección letal fue “Mortal y rosa” de Francisco Umbral. Recuerdo que me preguntó, antes de citar la obra del columnista, si tenía algún prejuicio político con él. Yo le aseguré que no.

La primera vez que lei a Francisco Umbral fue cuando en la más agitada adolescencia giré el diario El Mundo y vi junto a su foto el título de su columna diaria: Los placeres y los días. Por un rebote, del cual no guardo ningún dato interesante, ese era el título de uno de los primeros libros que lei en mi vida. Proust aplastó cualquier entretenimiento audiovisual durante unas horas. Aquel verano, que tenía pinta de convertirse en una colección de días infernales y excesos en kilocalorías, se terminó convirtiendo en el periodo en que conocí a tres personajes decisivos para mi: Proust, Delibes y la mujer más importante de mi vida. Fue el mismo Delibes, cuando mi madre sólo tenía diez años y yo no era ni átomo, quien enganchó a Umbral como periodista para El Norte de Castilla. Cuando Umbral tuvo 10 años, como los que tuvo mi madre, fue expulsado del colegio en Laguna de Duero y fue tachado de alumno “indómito”. Nunca más se volvió a escolarizar ni a asistir a lecciones de ningún tipo. En cierta medida, aquella fue su primera lección. No obstante, su pasión por la lectura le hizo convertirse en un autodidacta del conocimiento y compaginó dicha afición con un trabajo de botones hasta conocer a Don Miguel.

El 28 de agosto de 2007 yo debería haber estado estudiando todo el día, pero me he despertado demasiado temprano y he escuchado la radio mientras desayunaba. Tras conocer la noticia, y con el avituallamiento a medio calentar, he alcanzado el libro de entre los numerosos lomos negros de la colección Cátedra -Letras Hispánicas- que da uniformidad a mi estantería. Lo he releído y me ha sabido mejor que nunca. Cada bandazo tenía mucho más sentido. Cada aspaviento entre los verbos era un acto de lujuria. La avaricia si tiene sentido cuando se puede llegar a expresar tan ferozmente con esa poesía prosaica, desgarrada por el leitmotiv de la obra. A un estudiante de periodismo no le deben enseñar nada de esto. Hoy la volatilidad de Umbral sigue siendo densa aunque, desgraciadamente, mañana dejará de ser diaria.

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